PIRINEOS: ANETO Y MULLERES
11-13 AGOSTO DE 2008
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día 13 - EL MULLERES

Sobre las 6.30 iniciamos la marcha hacia el Tuc de Mulleres, una cumbre relativamente fácil para coronar nuestro segundo tresmil pirenaico. Hoy las mochilas pesan algo más que ayer, no es porque estemos más cansados (bueno, algo sí) sino porque abandonamos el refugio y como ya no volvemos por aquí hemos que cargar con todos los bultos.

El día amanece despejado y a estas horas no necesitamos los frontales. Asdencemos por el sendero que conduce al collado de la Renclusa (2270m). Desde aquí tenemos una gran panorámica del Plan D’Aiguallut, una extensa planicie por la que serpentean algunos riachuelos del deshielo. Vamos bajando hasta llegar a l’Aigueta de l’Escaleta, justo a la altura de una pequeña cascada. Si siguiéramos la ruta marcada deberíamos descalzarnos y cruzar el río, pero corre bastante caudal y debe estar helado, así que decidimos bordearlo y tomar un paso que hay más adelante.

Cruzamos los meandros del río por pequeños puentecitos de madera. Este lugar es fantástico, muy chulo, y además como ya ha salido el Sol tenemos una magnífica vista del impresionante y majestuoso Aneto.

La pradera se cierra más adelante con una barrera rocosa que deja un canal de paso hacia el valle de la Escaleta. Pensamos que éste sería el sitio ideal para descargarnos del peso extra que llevamos. Un buen lugar donde esconder algunos bultos y recogerlos a la vuelta. Y como a estas horas no pasa nadie… ¡perfecto! Pero de pronto vemos que alguien se acerca…¡vaya, pero si es Rodrigo!, un chico que conocimos en el refugio. Lo cierto es que debería haber salido con nosotros esta mañana pero no estaba en el desayuno. Ahora que nos ha alcanzado se une al grupo y marchamos juntos los seis.

El paso del canal comienza con una ligera trepada, seguidamente un camino de losas dan paso al valle de la Escaleta. Por el camino vemos una marmota que amablemente posa para una foto. Y de nuevo nos vemos llaneando otro verde valle. Un poste señala el sendero que sube al Ibón Coll de Toro. Podríamos subir… digo medio en broma, pero como queda largo trecho decidimos dejarlo para la vuelta, si es que todavía estamos enteros.

Y seguimos ganando altura, remontando el arroyo que siempre dejamos a la izquierda. Alcanzamos primero algunos neveros, un par de pequeños lagos y numerosos torrentes del deshielo que se abren paso entre las rocas. Valle hacia arriba, llegamos a los ibones de la Escaleta. El agua es cristalina, todo se refleja, montañas, cielo, nuestras siluetas… lo rodeamos por la izquierda y continuamos la marcha. El paisaje cambia, los verdes pastizales dan paso a un terreno rocoso por el que hay que trepar. Multitud de hitos señalan el camino aunque a veces no es fácil distinguirlos entre tanta piedra.

En una subida nos topamos con un extraordinario nevero con un corte a modo de cueva que descubre todo su interior. Es increible ver cómo fluye la corriente bajo la nieve mientras Juan Carlos, Mª Jesús y los demás van caminando por encima. Y me digo ¿aguantará el peso de todos...?

¡Por fin vemos el impresionante Tuc del Mulleres! Ya está a la vista, ya vemos su perfil... Lo tenemos ahí delante pero todavía nos queda un rato. Ahora sí que sopla un viento frío, frío... pasamos junto a un lago medio congelado, nos abrigamos y seguimos avanzando. Juan Carlos encabeza la marcha, yo que me quedé haciendo algunas fotos al lago voy en la retaguardia cerrando el grupo.

La cima queda justo a la izquierda pero Juan Carlos tira hacia delante buscando una aproximación más suave. Me pareció que dábamos mucho rodeo porque el GPS marcaba una senda justo a nuestra izquierda. A grito pelao trato de avisar al resto, pero con el viento que sopla y con que llevamos puestas las capuchas nadie se entera. Sé que no debía hacerlo, pero me aparté del grupo y atajé por la vía recta para conectar con esta senda. Kiquet, al no verme detrás retrocedió algunos metros en mi busca, pero enseguida vio mi intención y se volvió con el grupo. Enseguida volvimos a conectar y todos juntos escalamos el último repecho, unos enormes bloques de granito que culminan en la cima.

Las vistas son impresionantes. A un lado el Aneto, glaciares y el perfil de la Maladeta, al lado opuesto el Valle de Arán (estamos justo en el límite autonómico con Lérida) y al Sur el valle de Salenques. Es curioso ver un montón de picos que sobresalen por encima de las nubes, en cambio el Aneto vuelve a esconder su cumbre en una gran nube que queda por arriba.

El regreso sin problemas, retrocedemos sobre nuestros pasos, eso sí algo más cansados y con una ampolla que le salió al bueno de Aurelio. Pero no debía hacerle mucho mal porque al llegar a la altura del Ibón del Toro bien que se animó a subirlo. Y así hicimos, desde la distancia vimos una senda que ascendía en zig-zag, nos pareció que no debía ser un gran esfuerzo y ya que estábamos aquí… ¿por qué no asomarnos? Kiquet no estaba por la labor, no le motivaba esta improvisada excursión así que siguió hacia delante.

Bueno, los demás nos hacemos el ánimo y subimos el collado donde se encuentra el ibón. Como era de esperar... ¡Chulísimo! Además, se puede recorrer andando su orilla izquierda para llegar al otro lado y contemplar el Valle de Arán. Nosotros no llegamos a hacer este recorrido porque vimos una densa nube que subía del valle y no nos dejaría ver nada. Así que nos sentamos un rato a contemplar el lago, los picos del entorno y a una familia que iban a hincar el diente a lo que parecían unos sabrosos bocadillos de jamón. Juan Carlos ya estaba ideando un asalto por la retaguardia, y nos hubiésemos apoderado de ese jamón de no ser que en ese preciso instante Aurelio destapara su “coca de llanda” casera. Y se la merendaron los tres glotones mientras yo hacía la fotito de rigor, no dejaron ni las migas. ¡Bandidos!

Tras ver el ibón descendemos y retomamos nuestra ruta. Pasamos al lado de una cueva y bajamos hasta la entrada, nos asomamos pero no entramos ya que al fondo parecía estar hundida. Continuamos la marcha hasta llegar al lugar de nuestro escondite matinal, allí nos reunirnos con Kiquet que ya había recuperado nuestras bolsas ocultas.

Retomamos la marcha. Nos acompaña un sonido de agua que cada vez se oye con más intensidad. Llegamos a una cascada muy caudalosa con un salto precioso que bien vale una foto, y dos y tres… y nos hicimos unas cuantas. Es sorprendente que toda esa cantidad de agua desaparezca un poco más adelante en un lugar conocido como Forau de Aigüallut donde el agua queda embebida por la tierra y fluye subterráneamente para resurgir de modo natural en el Valle de Arán. Nos lo cuenta Juan Carlos que se conoce bien la zona.

Y seguimos descendiendo hasta llegar a La Besurta donde finaliza nuestra excursión. Tomamos un refresco en el kiosco y hacemos unos estiramientos mientras esperamos el autobús. Son las cinco de la tarde, hace un día espléndido y mañana nos volvemos a casa. Algo así debimos pensar y como aquel que no quiere que esto se acabe, decidimos pasar del autobús y despedirnos de los Pirineos caminando. Así pues, tomamos el sendero que transcurre paralelo a la carretera, luego se adentra en un frondoso bosque, pasa por delante del Hospital de Benasque (vaya instalaciones) y algo más arriba nos deja en el parking donde tenemos coche. En Benasque devolvemos los crampones y piolet y nos despedimos del valle callejeando algunos rincones.