PIRINEOS: ANETO Y MULLERES
11-13 AGOSTO DE 2008
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día 12 - EL ANETO

A las 5.00 en punto suena el despertador. Como resortes saltamos de la cama aunque algunos ya llevamos un buen rato despiertos. Me asomo por la ventana para ver el tiempo, todavía es noche cerrada pero el cielo está despejado y lleno de estrellas. Buena señal, por el momento no parece que vaya a llover.

Bajamos a desayunar, no somos los únicos, al parecer todo el mundo ha pensado salir a la misma hora. En el pasillo de las taquillas hay una tenue luz donde apenas se distingue a nadie. Empieza el alboroto, trasiego de sombras, bultos, mochilas, bastones… Un rato me llevó ajustar los crampones y piolet en la mochila, una vez colocado el equipo salgo fuera donde ya estaban los cuatro esperándome. Mañana prometo ser más rápido.

A las 5.45 nos ponemos en marcha. Alumbrándonos con los frontales cruzamos el prado y seguidamente remontamos el torrente dejándolo siembre a nuestra derecha. En este punto hubo un momento de confusión pues nadie veía claro el sendero que sube. Fitas por aquí y por allí, unos que suben, otros que retroceden, por aquí no, por aquí parece que sí… hasta que por fin damos con la senda buena.

Una vez superadas las primeras rampas y ya con las luces del alba vamos ganando altura, la vegetación arbórea da paso a grandes bloques de granito, no hay sendero pero sí abundantes hitos (montoncitos de piedras) que nos marcan claramente la dirección, siempre para arriba.

Continuamos subiendo en fuerte pendiente por esta zona rocosa en dirección al Portillón superior. Este Portillón es una brecha muy definida en la hilera rocosa denominada Cresta de los Portillones que nos da paso al lado del Aneto. Desde aquí tenemos una gran panorámica, aunque ahora hay mucha roca y poca nieve. Al fondo se divisa el glaciar del Aneto que hoy queda difuminado por una niebla que nos impide ver la cumbre.

Descendemos por el sendero hasta contactar con el primer nevero. Estos primeros hielos los pasamos sin crampones, son muy cortos y los que van delante han dejado una senda de huellas muy definida. No obstante nos ponemos las polainas, todos excepto Kiquet que olvidó traerlas, pero poco le costó transformar unas bolsas en polainas de circunstancia.

Una vez pasados los pequeños neveros retomamos el terreno pedregoso y vamos marchando pegados a la hilera de los portillones. Caminar por este terreno resulta más penoso pero es menos expuesto ya que nos permite atacar el glaciar por la parte superior y sortear así la zona de hielo que se encuentra en plena pendiente.

Por fin estamos ante el glaciar, inmensa zona helada llena de surcos y pequeñas grietas, un paisaje muy plástico, espectacular. Estábamos deseando estrenar los crampones, nos detenemos y vaya lío de cintas para colocarlos, por suerte contamos con la experiencia de Juan Carlos. Ya con los pinchos en los pies comenzamos nuestra andadura por el glaciar, ¡qué divertido! no parece complicado ya que el piso no está muy duro, una mezcla de hielo y nieve.

Seguimos ganando altura en travesía diagonal en dirección al Aneto, a medida que subimos nos vamos adentrando en la niebla, apenas se distinguen unos metros por delante, ahora no conviene distanciarse. Nos cruzamos con otros montañeros que bajaban. ¡Ánimo, que ya queda poco! dicen al pasar junto a nosotros.

Y llegamos al tramo final, una pendiente rocosa que lleva directamente a la antecima del Aneto. Hoy hace un viento del demonio y un frío del carajo. Además la niebla nos oculta lo que a buen seguro son unas impresionantes vistas. Con todo, Mª Jesús y Juan Carlos van directos al Paso de Mahoma. Una estrecha cresta aérea de unos cuarenta metros de longitud con precipicios a ambos lados que da acceso al pico del Aneto. Se asoman pero no se deciden a pasar. La verdad es que hace bastante viento. También yo lo intento pero desisto en el primer tramo cuando un golpe de viento me sacude de costado. Mejor no exponerse y dejarlo para otra ocasión.

Comemos algo y al rato Kiquet y yo, que nos estábamos enfriando, avisamos que bajamos para cubrirnos del viento. Juan Carlos y Mª Jesús vienen detrás, pero Aurelio que está algo más arriba hablando con otros montañeros no se percata que descendemos. Quizá no se lo indicamos claramente, el caso es que de pronto se vio solo en la cima, y a nosotros por allá abajo desapareciendo entre la niebla. Bajó a toda prisa y al reunirse con nosotros podéis imaginaros su enfado. Está claro que debíamos haberle esperado.

Sobre las 12.30 comenzamos el descenso. De bajada la pendiente parece más pronunciada así que andamos con cuidado para evitar cualquier resbalón. Ahora la niebla se ha disipado y podemos contemplar el glaciar en toda su amplitud y al fondo el macizo de la Maladeta. ¡Soberbio! Aprovechamos para hacernos una foto de grupo en pleno glaciar.

Seguimos descendiendo pero ahora nos desviamos en dirección nordeste tomando una diagonal para pasar por la parte inferior de esa impracticable zona helada que queríamos ver de cerca. Al llegar pudimos comprobar la consistencia del hielo, realmente duro, imposible clavar los crampones o el piolet.

Continuamos bordeando este hielo y nos topamos con un pequeño torrente de agua que discurre entre rocas, se filtra justo bajo nuestros pies y vuelve a salir algo más abajo. Estamos cruzando un puente de nieve sobre el agua ¡qué guapo!.

Aquí se acaba la nieve, retomamos la zona rocosa que en ascenso nos conduce de nuevo al Portillón superior. Allí está Kiquet esperándonos pues él no siguió esta variante nuestra sino que volvió por el mismo camino que a la ida.

A todo esto, mientras camino me doy cuenta que estoy perdiendo la suela de una bota. Se ha ido despegando longitudinalmente. ¡Qué inoportuna! Se trata de un mal apaño de suela que me hicieron en Valencia. Pero he de terminar, así que le doy un par de vueltas con un cordón largo y por suerte aguantó hasta el refugio. ¡Vaya tela! y mañana queremos subir al Mulleres. Entonces recuerdo que en el coche tengo unas zapatillas de trekking, pero a ver quién baja a por ellas, son las seis de la tarde y todos estamos “torraos”. Mª Jesús no se lo piensa, pide las llaves a Kiquet y se pone en marcha. Dos kilómetros de bajada hasta La Besurta, un autobús hasta el parking, recoger las zapatillas del coche, tomar el autobús de vuelta a La Besurta y de nuevo los dos kilómetros de subida hasta el refugio. En un par de horas está de vuelta con el calzado. ¡No entiendo de dónde saca tanta energía! El caso es que ha salvado mi excursión de mañana. ¡Gracias! te debo una.

Hoy no hay paseo por los alrededores (tampoco hay mucho que ver) así que cenamos y enseguida nos vamos a dormir.